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“El alma desordenada, lleva en su culpa la pena”

La culpa es una de las emociones más comunes, también es una de las que más nos desgasta y daña de manera importante nuestra autoestima.
Se define como el estado emocional que surge de pensar que hemos actuado de manera indebida (ya sea que hicimos algo que no debimos haber hecho, o que no hicimos algo que debíamos hacer).

La culpa es una actitud formada por emociones y pensamientos que nos llevan a una sensación de auto devaluación, es inmovilista, limitante, inútil, afecta nuestra salud física y emocional y nos paraliza, es decir, nos impide actuar.

La culpa también puede tener una función adaptativa,  es la medida en que nos sirve para darnos cuenta de que actuamos mal, permitiéndonos analizar y corregir nuestra conducta y aprender de lo que sucedió.
En este caso, en vez de hablar de culpa, hablamos de responsabilidad.

Hacerme responsable me hace sentir mal hacia la conducta, pero me sigo sintiendo bien conmigo, aceptando que cometí un error, pero que eso no me devalúa como persona. La responsabilidad nos sitúa en una predisposición constructiva, de” hacer”, ya que es la habilidad de responder a cada situación de la vida. La forma como respondemos determina como nos sentimos, sentirse responsable y no culpable supone asumir el control de nuestras acciones y la aceptación de sus consecuencias.

¿Qué provoca la culpa?

Generalmente pensamos que una mala acción provoca culpa, pero no siempre es así
¿Has notado que, ante una misma conducta o situación, no todas las personas se sienten culpables? ¿Sabes a que se debe esta diferencia?

La culpa no está provocada por una conducta en sí, sino por la valoración subjetiva que hacemos de una situación y la etiqueta que nos ponemos al respecto,  surge cuando nos calificamos por nuestras acciones, pensamientos y sentimientos.
¿Pero, te has dado cuenta de que muchas veces nos  juzgamos con parámetros o valores de otras personas?

Por ejemplo, muchas de nosotras fuimos educadas con la idea de que una buena madre es la que está todo el día con sus hijos, para cuidarlos, atenderlos y demostrarles su cariño.

¿Qué sucede si tengo que trabajar todo el día fuera de la casa?
Pues está claro que se sentiré culpable  por no “cumplir” con ese mandato de género y pensaré que soy una “mala madre”.

¿Cómo dejar de sentirme culpable?

Cuando te sientas culpable, en lugar de regañarte, atacarte, calificarte negativamente y evaluarte, enfócate en tú conducta.
Analiza qué fue lo que hiciste o dejaste de hacer.
En función de qué referentes o mensajes, estás calificándolo como malo.
Piensa si estas juzgándote con ideas o valores de otras personas o de otros tiempos.

Y, sobre todo, planteate ¿qué puedo hacer ahora ?¿ Qué está en mi mano?

Responder honestamente a estas preguntas, no “borra” la conducta y las consecuencias de la misma.
Pero nos puede ayudar a:

  • Comprender el porqué de mis acciones,
  • verlas como una mala decisión, basada en el aprendizaje de mi niñez o en la presión de mis emociones,
  • analizar si mis expectativas son demasiado altas,
  • centrarme en mi conducta para corregir, si es posible,
  • aprender, para no volver a actuar de la misma manera,
  • revisar mis creencias y valores, para ver de dónde proceden y si actualmente son validos y adecuados o no.

Trabajar en los sentimientos de culpa no es fácil.
Pero si aprendemos a responsabilizarnos, transformando la culpa en responsabilidad, nuestra conducta y nuestros sentimientos mejoran de una manera impresionante.

2017-01-10T11:47:22+00:00

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